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Nosotros y el Mundo 23: Yo mismo.


por Diego Torres en 26-09-2020 a 21:09

Después de la suficientes cervezas ingeridas quedé completamente tendido en la sala de lo que antes fue mi casa. Cuando finalmente pude abrir los ojos comprobé que realmente había pasado demasiado tiempo, más del que me pude imaginar.
Para empezar ni siquiera desperté en mi entonces casa, al abrir los ojos me encontré en una sala completamente blanca sin muebles ni ventanas, tendido en el piso completamente desnudo, no sentía frio pero tampoco calor, miré en rededor y pude observar tan solo una manguera que provenía del techo y parecía estar conectada a alguna parte de mi cuerpo solo que no tenía las fuerzas suficientes como para averiguarlo.

Después de algunos minutos o quizá horas o días la verdad es que no lo sé (porque ahí no existe el tiempo, ahora lo sé) pude reunir las fuerzas necesarias para echar otro vistazo a aquella extraña habitación, pero no había algo que ver, ni siquiera existía una puerta así que no dejaba de preguntarme cómo es que fui a parar ahí. Después de una pequeña meditación recordé  la manguera y extendí mis manos hasta mi cabeza donde pude comprobar que era ahí a donde me estaba conectada. Asustado tiré de ella pero grande fue mi asombro al comprobar que al momento mismo de extraer la manguera de mí me sentí morir, me faltó el aire, me inundó un sentimiento de hambre tan terrible que mucho esfuerzo tuve que hacer para no morderme mis propias manos para satisfacer mi necesidad, sentí frío, calor, dolor y también sentí tristeza y desesperación, la volví a conectar.

Era evidente que alguien me había llevado ahí pues si no quién más me había conectado, pero cómo entré si no existía abertura alguna más que la de aquella extraña manguera proveniente de arriba, comencé a desesperar pues no lograba saber qué estaba ocurriendo, volví a extender mis manos hasta la manguera pero no me atreví a volver a quitarla pero esta vez mire detenidamente mis manos, estaban arrugadas y viejas, extendí una pierna y vi lo mismo, arrugadas y viejas, me sentí la cara y el abdomen y entonces pude sentir lo mismo, arrugado y viejo, me había convertido en un anciano, mi lengua inspeccionó mi boca y con asco sentí que solo me quedaban cinco dientes.
Qué demonios me pasó, cuánto tiempo llevo aquí, mi desesperación crecía y comencé a pensar en desconectarme y dejarme morir pues no hallaba explicación alguna, no dejaba de pensar que tan solo me había acostado en mi sala y ahora donde carajos estaba y cuánto tiempo había pasado.

Estaba decidido, mi desesperación me llevo al límite y volví a quitar la manguera para morirme, pensé. Después de bastante sufrimiento mi agonía se superpuso ante mí y mis ojos se cerraron para siempre, quise pensar. Una vez más no sé cuánto tiempo pasó o si acaso el tiempo transcurría, pero volví a despertar en la habitación conectado. Maldita sea me dije, no puede estar sucediéndome esto, mire en rededor de nuevo pero ahora en una pared blanca había letras que con mucho trabajo al fin logré vislumbrar lo que decían: “No puedes escapar de ti”.

No quiero decir que pasó mucho tiempo porque en verdad ni tiempo existe en este sitio pero para darme a entender lo tendré que decir. Paso un lapso que más de cien veces me desconecté pero siempre sucedía lo mismo, volvía al mismo sitio una y otra vez, me llevó bastante esfuerzo neuronal comprender que tan solo debía meditar sobre mí. Que tenía que enfrentarme a mí mismo pues la frase en la pared era siempre la misma, medité sobre quién había sido antes de este infierno, medité todo lo bueno y malo que fui siendo siempre más malo que bueno, pensé en el daño que le causé a quien decía amar, pensé en mi propia destrucción con vicios mundanos, pensé en el daño que me hice a mí, pensé en mi familia y en mis amigos, pensé en lo jodido que ya era antes de estar en esa habitación, así que pude concluir que merecía ese sitio horrendo y abrumador que no era más que un tormento eterno, dejé de esforzarme por saber que hacía ahí y dejé de esforzarme por arrepentirme, dejé de esforzarme por querer librarme de ello y me aabandoné a mi sufrimiento, acepté al fin mi condición de prisionero en esa habitación y tiré una vez más de la manguera pero esta vez ya no desperté ahí.

Mis ojos se abrieron pero no mis ojos físicos si no los del alma, desperté en mi casa en la sala donde aún estaban los envases vacíos de cerveza. No es una historia de superación pues no fue una alucinación aquella habitación, lo sé porque en mi casa en cada pared estaba la misma leyenda: “no puedes escapar de ti”.

Mi piel sigue siendo la de un anciano, mi familia se fue de casa pues ya no los encontré ni a ellos ni a sus cosas, ya los tenia hartos con mi vida mundana y perdí a mi familia.
Ahora sólo me queda vivir dignamente sin escapar de mi lo que me resta de vida pues al morir no quiero más habitación blanca.


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