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Nosotros y el Mundo 19: la Puerta.


por Ismael Villaseñor en 09-07-2020 a 03:31 (08-07-2020 a 21:31 en México)

No hacía mucho tiempo comenzó a inquietarle una sensación de vaguedad en su vida diaria, una constante duda sobre si le satisfacía lo rutinario de su acontecer que en varias ocasiones ya le habían llevado a constatar que no era nostalgia lo que sentía, sino más bien una sensación de estar solo estacionada en una etapa.
En muchas ocasiones lloraba sin razón, en otras sentía que ella o algo en ella no le permitía sentirse plena. Se despertó a la hora acostumbrada. Se dio un baño, desayuno muy ligero. Sus padres aun dormían por lo que sus mascotas se encargaron de despedirla desde la puerta, arrancó su auto y emprendió el camino a su trabajo.

Su día en el trabajo se fue dando conforme a lo esperado, casos pendientes, gente de nuevo ingreso que necesitaban de su atención. Era una labor que ella hacia con generosidad, sencillamente porque esa era su vocación. Tenía un ambiente placentero en su lugar de trabajo, compañeras agradables, otras no lo eran tanto y pocas de ellas en realidad amigas. Durante la hora de comida hubo bromas, bastante charla y risas. Miró a su alrededor y se sintió complacida por estar ahí. Al llegar la tarde era el momento justo del café cuando las circunstancias así lo permitían y con ello la angustia y el placer de acompañarlo con una pieza de pan, un pan que seguramente le obligaría al día siguiente a esa rutina extra de gimnasio y así compensar la idea de que no descuidaba la atención a su figura.

Terminó su jornada sin contratiempos, satisfecha por lo hecho durante el día. Volvió a casa, el descanso era merecido. Era día libre, despertaría un poco más tarde, saldría a correr, tal vez un poco de natación. Después del almuerzo iría de compras, a surtir la despensa. Pero lo que en realidad urgía era el alimento de sus mascotas, que eran en realidad sus verdaderos incondicionales. Iría sola, quizá con mamá. Decidió ir sola.

Ya por la tarde a la hora acostumbrada sentada a la mesa, bebía su café, entretanto miró la infinidad de mensajes que llegaban a su teléfono. Los revisó, algunos irrelevantes, otros le entretuvieron por un momento causándole risa por lo absurdo de su contenido; sin embargo, el que ella esperaba con ansiedad continuaba sin aparecer.

La situación en su trabajo iba en franca mejoría, había podido reponer con otro, el auto que tiempo atrás le fuera robado con violencia, su excelente desempeño abría posibilidades de obtener una jefatura. En su vida personal no perdía oportunidad de salir con sus amistades, bailar, convivir, y disfrutar de esos encuentros ocasionales que le devolvían por un momento esas ganas contenidas de amar y dejarse amar.

La cuestión económica era estable, cuando en lo general se incrementaba el desempleo y había una creciente incertidumbre por el futuro inmediato en la mayoría de la población; su empleo no corría ningún riesgo, se podría decir que era afortunada.
No obstante, esa sensación de estancamiento le venía a inconformar de nuevo, más conservaba la idea de que algo vendría a mejorar su estado, y sentiría que su vida volvería a fluir.

Cierto día, de forma repentina sintió inmensas ganas de llorar, gritar y huir de esa situación. Pero no, esta vez lo enfrentaría de manera distinta, con una actitud diferente. Vistió ese vestido que tan bien le sienta, los tacones altos y el maquillaje discreto. Sus ojos brillaban a la par de su rostro.
Saldría.

Llamarón a la puerta, tres golpes bastaron. Abrió con el bolso en mano.

 Frente a ella, ante sus ojos brillando, estaba él. Con la sonrisa que la cautivo desde aquella primera vez.
•O mar não impediu que meu amor estivesse ao seu lado!!

Se abrazaron . . . y la puerta se cerró.


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