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Nosotros y el Mundo 18: Quinta noche.


por Diego Torres en 02-07-2020 a 02:20 (01-07-2020 a 20:20 en México)

Nunca alguien podrá negar que amé de verdad, pero aquí tengo un pequeño secreto para ustedes. El amor no me  sirvió absolutamente para algo.
Mucho tiempo aunque no más del que estaré aquí, serví como ciudadano modelo, como estudiante ejemplar, como hijo predilecto, como buen amigo pero sobre todo mi mejor función en la vida era amar sin condición.
Como cualquier otro sujeto de esta moderna sociedad, tuve novias diversas, flacas, chaparritas, robustas, pelirrojas y demás. Fue hasta mi penúltimo año de universidad cuando conocí a quien yo creía era el amor de mi vida, efectivamente se convirtió muy rápidamente en una persona singular y de extrema importancia para mí, procuraba hacerla feliz, hacíamos un verdadero equipo de excelencia, podría decirse que éramos complemento, íbamos de un lado al otro siempre juntos, se nos conocía por ser sobresalientes y sobre todo algo especial que todos decían, éramos el uno para el otro, no podía haber errores estábamos destinados a ser almas gemelas, amor eterno y puro, no podía haber fallas.
Transcurrieron los tiempos de la escuela y llego el tiempo de trabajar, como médico cirujano recién egresado conseguí un buen trabajo en un hospital de alta gama cerca de la zona donde vivía, no pasó mucho tiempo para que Lorena mi todavía novia, lograra entrar al mismo lugar a laborar. Todo marchaba bien, teníamos los mismos horarios, ganábamos buen dinero y sobre todo nos teníamos a nosotros mismos con el mundo por delante. Al poco tiempo de laborar en el hospital decidimos que queríamos casarnos, fue un evento muy emotivo, un gran salón y la compañía de los seres queridos, nos fuimos a rentar una hermosa casa a un precio ridículo, la vida nos marcaba el camino, ¡maldita sea! qué podía salir mal…

Pasó nuestro primer año de matrimonio y todo marchaba con cierta monotonía, yo procuraba el cariño de mi mujer y me desvivía en consentirla, flores casi diario, cenas, salidas, fiestas y mucho tiempo juntos a pesar de mi salud que parecía decrecer. Todo parecía marchar normalmente pero había algo que me intrigaba de mi mujer, había algo que advertí desde la quinta o sexta noche que dormimos juntos y es que en verdad me pareció algo extraño que al despertarme alrededor de la una de la madrugada no pude ver a Lorena en su lado de la cama, me levanté y me dirigí al comedor y pude percatarme que la puerta principal se empezaba a abrir, Lorena entró acto seguido y mirándome sorpresivamente argumentó diciendo que no lograba conciliar el sueño y simplemente salió a dar una caminata y a encender algún cigarrillo. Yo naturalmente confié en su palabra y en su aroma puesto que el olor a tabaco era bastante fuerte como si hubiera fumado tres o cuatro seguidos, en fin no le tomé importancia, Lorena me tomó por la mano conduciéndome a la alcoba y pude sentir que su mano estaba helada y cubierta de tierra, Lorena con voz titubeante se excusó diciendo que había tenido un tropiezo y alcanzó a meter las manos, yo como buen esposo y siendo siempre un tipo pacifico no dude de su argumento. Lorena se dirigió al baño y cuando una vez hubo terminado de limpiarse salió y fue a posarse justo a mi lado en la cama, me abrazó y me dio un beso, pero no un beso cualquiera, a partir de ahí supe que sus besos en la frente tenían el poder de dormirme, algo un tanto romántico para un enamorado como el yo de aquella época, pero que ahora me doy cuenta de la terrible manera en que fui engañado.

Con cada beso que Lorena me daba yo quedaba perdidamente inconsciente, el problema era que cada noche mientras yo pensaba dormir no lo hacía, durante cada noche de mi vida de casado, Lorena me besaba la frente, es decir que no dormía, simple y sencillamente caía en su hechizo para poder quedar ahí tendido en estado catatónico, con razón toda la vida me la pasé cansado, me hicieron falta mis sueños, mis terrores nocturnos, mis pesadillas y no solamente quedar ahí suspendido por determinadas horas para que Lorena pudiera actuar a sus anchas.

Cada día que pasaba, mí salud se debilitaba, parecía que me convertía en un anciano a una velocidad inverosímil, en el curso de dos años y medio dejé de ir a trabajar, mi aspecto era terrible, no podría creerse lo mucho que había empeorado, mi madre como buena madre se preocupaba y buscaba mil remedios, mil doctores pero no existió quién pudiera decir qué era realmente lo que sucedía.

Una noche de tantas en las que creía estar dormido, algo pasó por mi mente como un zumbido, tenue pero bastante nítido, se fue haciendo cada vez más grande hasta que  logré estar consciente pero sin poder moverme, pensé que mi muerte se aproximaba, sentí que eran las últimas fuerzas que me venían y que mi muerte estaba ya por llegar, pero en ese momento creí que fue mi derecho divino a saber qué me estaba pasando (no debí pensarlo). Mientras estaba tendido en la cama sin poder moverme pero viendo y escuchando todo perfectamente, vi entrar a Lorena como aquella lejana quinta noche, la vi entrar con el pelo suelto que le llegaba hasta la cintura, la vi entrar con las manos sucias pero con ropas elegantes que jamás le había visto, un hermoso vestido increíblemente sensual resaltaba la belleza y cada atributo de Lorena, en seguida observé que iba acompañada de un ser con túnica púrpura y encima de la cabeza una especie de corona como simulando una gran cornamenta. Yo completamente absorto en mi hechizo paralizante no podía emitir sonido alguno, simplemente me quedaba ser espectador de las terribles cosas que jamás imaginé de Lorena.

Con gran asombro los vi entrar en la habitación, se sentaron en la cama justo a mi lado, el ser con túnica púrpura no hacía más que observarme y reír burlonamente mientras desnudaba a Lorena. Yo al observar esto y sin poder moverme un solo milímetro quería despedazarle, pero entre más trataba de moverme más me parecía imposible. Lorena me vio y ella completamente desnuda comenzó a desnudar al ser de túnica despojándole de toda ropa excepto su rara corona.

En mi cabeza ya no cabía más el deseo de que terminara esta horrenda escena, pero esto apenas comenzaba. Con gran deseo el ser tomó a Lorena y recorría cada parte de su desnuda piel pero algo me dio una esperanza.
Lorena gritaba y lloraba como si estuviese siendo obligada, Lorena pataleaba y pedía mi ayuda. Saqué fuerzas de donde no tenía, puse todo mi cariño, puse todo mi amor, puse todo lo bueno que podía ser para salvar a mi mujer de ese ser que ya no parecía tener aspecto humano sino más bien el de una especie de reptil albino. Aun con todo lo malo logré romper mi estado de catalepsia, las fuerzas vinieron a mí como si de algo divino se tratase, me sentí extremadamente renovado, lo mataré, pensé.
Cuando más fuerza creí tener para arrebatarle a mi mujer a aquel ser, ahora Lorena era quien me miraba y soltaba carcajadas llenas de burla y desprecio, me miró y solo murmuró  “qué ridiculez es el amor, sin embargo forma parte del ciclo”.
Lorena procreaba cada noche con aquel ser maldito, una especie de feto dentro de un cascaron que no fecundaba en el vientre de Lorena.  Lo que yo observé aquella quinta noche en sus manos de Lorena no era tierra, era sangre coagulada, sangre mía.

Maldito sea el amor, porque por haber amado tanto a mi mujer reuní las condiciones suficientes y necesarias para fungir como incubadora. Cada noche durante dos años y medio, Lorena (si es que ese era su nombre) y aquel ser repudiable insertaban en mí una especie de huevecillos que emanaban de su encuentro sexual si así lo podríamos llamar. Se alimentaban de mí, de mis tejidos, de mis entrañas, de mis pensamientos, de mis sueños y de todo lo que me constituía física y mentalmente, solo faltaba una cosa, amor, amor fallido era el alimento final para estos seres que deseaban nacer y abandonar mi cuerpo que dejaron pútrido porque todo dentro de mí se acabaron.

Cuando quise dar todo por la que pensaba era el amor de mi vida, cuando fui capaz de reunir el amor necesario para romper mi catalepsia, cuando más amé a Lorena y lo di todo por querer salvarle, justo ahí comenzó el festín de amor fallido para los seres que invadían mi interior. Miles de ellos se abrían paso por cada poro de mi piel haciéndome sufrir el dolor de un parto por cada poro abierto, no podía moverme pues cada ser que se alimentó de mí, salía y se llevaba consigo una parte de mi vitalidad, no sé cuánto tiempo duró todo el proceso pero una vez acabado ese sufrimiento pensé fugazmente en un dios bueno que no dejaría que le pasara algo a un hombre como yo que había amado sin condición, pero a cambio lo que recibí fueron más risas y burlas.

Aquel ser albino y medio reptil, medio demonio, me leyó el pensamiento,  no dejaba de reír, no dejó de decirme lo estúpido que me veía creyendo que obtendría auxilio, pidiendo ayuda a un ser divino. Con su voz aguda y penetrante no paró de maldecirme, de insultar mi credo, de invocar maldiciones para mi eternidad, me tomó del cuello y con su gran corona en forma de cornamenta me atravesó la arteria carótida, no tardé mucho en morir pero lo que si tardaré bastante es en estar  en este inframundo en el que ni aquí puedo dormir pues cada instante de mi muerte eterna debo revivir aquella agonía en la que mis poros se abren y los hijos del ser que ahora me gobierna brotan de mí.

  Esto es lo único que gané por haber amado tanto.


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